En la medida que Alberto Fernández no se obnubile con su consensualismo de liberalismo zurdo desde el Peronismo de la Capital Federal//. Originalmente publicado el 4 de diciembre de 2019 en Facebook INC.// Por Kevin Morawicki, desde la Redacción de InfoRico: periodismo amarillo para un país gris//.
Si con el Kirchnerismo íbamos hacia Venezuela, con el Macrismo íbamos hacia Chile. Durante tres años y medio las grandes empresas de comunicación le taladraron la cabeza a la gente con algunas grandes piezas del pensamiento occidental: «No vuelven más, se robaron todo, Defendamos República de los Malos porque nosotros somos los buenos, Seguridad Simbólica para la Argentina blanca, que los negros agarren la pala mientras nosotros nos tomamos toda la pala, etcétera»… Gobernaron 3 años echándole la culpa al gobierno anterior y el año restante al gobierno por venir. Trollear con el manual de procedimientos de Durán Barba y Marcos Peña: ser troll es la gran hazaña cívica de los tiempos que corren. Desquitarse de las broncas personales escribiendo cualquier cosa en las redes antisociales: total es gratis. Descalificar es gratis y por lo menos uno se saca la broca, que es lo único que importa en este mundo de hedonismo liberal.

Es entonces difícil que Alberto Fernández no se obnubile con su consensualismo de liberalismo zurdo. Un país que tuvo a Rosas, a San Martín y a Perón exiliados. Y que en todo caso tiene un gran desafío simbólico: el de repoblar el lenguaje con figuras, recursos y estructuras que reviertan -por lo menos un poco- la liviandad, la superficialidad y la frivolidad del Mundo-Pro.
Algo que no parece fácil cuando vemos las destrezas zurdas del Peronismo de la Capital Federal. El espejo, dar vuelta la fórmula: los malos son los Macristas, los buenos somos nosotros, seres pensantes con superioridad intelectual.
De modo que el desafío de Alberto Fernández no es sólo el de generar las condiciones materiales para que los actores productivos revivan una economía en terapia intensiva, sino también el de dejar atrás los modos banales y frívolos de hablar de los traumatismos que vivifican lo público.
Un lenguaje facilista condenatorio de la diferencia. Una simplificación atroz del problema social y económico argentino (pobreza cero, la inflación fácil de resolver, estábamos bien hasta que vino la tormenta, etcétera). Estereotipación de los pobres, los putos, los trabajadores sindicalizados, las feministas que son putas, los ecologistas que son faloperos y la necesidad de aniquilar a la lacra social como asunto de Seguridad de Estado.
Nada más simplista que el estereotipo. Nada más banal que gobernar con eslóganes. Las semillas de la estrechez de lenguaje ya han sido sembradas por los trolls de los laboratorios psicosociales de Propuesta Republicana, bajo la supervisión del pensador Durán Barba. Sus frutos crecen hoy bajo el sol de la República en forma de reducción del vocabulario presidencial, problemas fonoaudiológicos y la brutalidad efectiva del sentido común. Hasta el punto de defender la justicia por mano propia porque así lo indican los estudios de opinión pública.
Puede que sigan pasando cosas a la hora de explicar el devenir de lo social. Ojalá que no, porque se necesitará un lenguaje de posibilidad en los tiempos que corren, letras e imaginación para pensar otra cosa, algo distinto a la aliviadora condena moral hacia el otro, esa hipocresía macrista que marcó a fuego los tiempos pasados de la amarilla psicodelia política. Un lenguaje que le devuelva complejidad al discurso público institucional pero también potencia, ya que habrá que sostener acciones que aborden democrática pero políticamente la dura conflictividad social./ InfoRico: periodismo amarillo para un país gris.-
